El campo que se nos va de las manos
- raicesyconexiones
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y lo que sí está en las nuestras.
✍️ Editorial mensual · Eje Agrario · Mayo 2026

México es la cuna del maíz. Lo sabemos de memoria, lo decimos con orgullo y lo usamos como argumento cultural cada vez que alguien cuestiona nuestra relación con la tierra. Pero hay una pregunta incómoda que ese orgullo no puede responder: ¿Cómo es posible que el país que inventó el maíz esté a punto de convertirse en el mayor importador de maíz del mundo?
No es una exageración. Es el dato con el que hay que comenzar cualquier conversación seria sobre el campo mexicano en 2026.
El diagnóstico que nadie quiere ver completo
Los números son contundentes. En los últimos cinco años, la producción nacional de maíz disminuyó a una tasa promedio anual de 3.8%. Durante el año agrícola 2024 — el más reciente con cifras definitivas — la generación del grano se ubicó en 23.4 millones de toneladas, un decremento de 14.9% respecto al año anterior y el nivel más bajo en una década. Para 2025 se anticipaba el tercer año consecutivo de caída, y los indicadores tempranos de 2026 no proyectan una recuperación significativa.
De 2018 a la fecha, México pasó de producir el 52% del maíz que necesita para abastecer al país, a apenas el 42%. En términos simples: antes producíamos poco más de la mitad de lo que comemos. Hoy no llegamos ni a eso. Y la tendencia a la baja no se detiene.
En los últimos diez años, México ha pasado de ser el cuarto productor de maíz a nivel mundial, a ser el séptimo — y en 2026 podría desplazarse al décimo lugar en producción agropecuaria general, según proyecciones del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas.
La brecha de rendimiento México: 3.9 ton/ha promedio nacional Estados Unidos: 11.1 ton/ha promedio nacional Una diferencia de casi 3 a 1. Con esa brecha, no hay precio de garantía que alcance. |
¿Cómo se explica esta caída? Los factores externos son reales y no se deben minimizar: sequías cada vez más severas, inseguridad en zonas rurales, política pública orientada a apoyos asistenciales en lugar de productividad — y un golpe que se ha vuelto especialmente brutal en los últimos meses: el derrumbe de la rentabilidad por el alza en los precios de los fertilizantes. Entre enero de 2025 y marzo de 2026, el precio de la urea aumentó 46.7%, el del fosfato diamónico (DAP) subió 57.2% y el del fosfato monoamónico (MAP) se incrementó 53.6%, según datos del Grupo Consultor de Mercados Agrícolas. No son cifras abstractas: para un productor con 10 hectáreas, ese incremento puede representar la diferencia entre una cosecha rentable y trabajar el ciclo completo para quedar tablas — o en números rojos.
Todo eso es cierto. Pero quedarse ahí es contar solo la mitad de la historia.
Lo que nadie dice en voz alta
Hay una narrativa dominante sobre el productor rural mexicano que mezcla romanticismo con victimismo, y que en el fondo le hace más daño que bien. Es la narrativa del campesino sufrido, heredero de una injusticia histórica, arrasado por fuerzas externas que no puede controlar. Tiene algo de verdad. Pero también tiene un costo enorme: la narrativa de la víctima libera de la responsabilidad. Y la responsabilidad existe. La hay, y es urgente nombrarla.
Una parte significativa de la brecha de rendimiento en México no se explica por el clima, ni por la falta de crédito, ni por las importaciones baratas de Estados Unidos. Se explica por prácticas agronómicas que llevan décadas sin actualizarse. Por decisiones que se toman por costumbre, no por datos. Por una cultura productiva donde el "así siempre lo hemos hecho" pesa más que los resultados del ciclo anterior.
Se explica por siembras a densidades bajas porque "la tierra no da para más", cuando en realidad nadie ha medido la capacidad real del suelo; por fertilizaciones genéricas aplicadas sin análisis de suelo previo, porque "siempre usamos el mismo producto"; por semillas seleccionadas por precio, no por adaptabilidad genética al lote específico; por riegos fuera de tiempo que muchas veces no valorizan el uso eficiente del agua, cosechas tardías, y post-cosecha descuidada que destruye margen en las últimas horas del proceso.
Esto no es un juicio moral. Es un diagnóstico técnico. Y hacerlo con claridad no es faltarle el respeto al productor — al contrario. Tratarlo como alguien capaz de cambiar y mejorar es la mayor muestra de respeto que existe.
La baja productividad en México no es solo consecuencia de un sistema que falla a los productores. También es consecuencia de productores que aún no han tomado el control de lo que sí está en sus manos. Y esa diferencia importa, porque una cosa la resuelve el gobierno — si algún día decide hacerlo — y la otra la puede resolver el propio productor, ahora, sin esperar a nadie.
Más allá de la política pública que no llega
Sería irresponsable no decirlo: el Estado mexicano ha fallado sistemáticamente al sector agrícola. Los programas de fomento productivo se han desmantelado, los apoyos llegan tarde y mal focalizados, la asistencia técnica pública es casi inexistente en la mayor parte del territorio nacional, y el crédito formal sigue siendo inaccesible para la mayoría de los pequeños y medianos productores.
Esperar que eso cambie en el corto plazo es una apuesta arriesgada. Puede cambiar, debe cambiar — y desde esta plataforma seguiremos exigiendo que cambie — pero mientras tanto, hay semillas que sembrar, familias que alimentar y negocios que sostener.
La pregunta que le importa al productor que tiene que decidir qué hacer este ciclo no es '¿cuándo llegará la política pública correcta?'
La pregunta es: ¿Qué puedo hacer yo, con lo que tengo, para producir mejor?
Aquí es donde el alto rendimiento deja de ser un concepto agronómico y se convierte en una decisión personal, deja de ser solo ciencia para convertirse en una filosofía de trabajo.
El compromiso que nadie puede darte desde afuera
Hay productores en México — no muchos, pero los hay — que operan en las mismas condiciones de suelo, clima e infraestructura que sus vecinos, y sin embargo obtienen rendimientos dos, tres, o cuatro veces mayores. No es magia. No es suerte. No es que tengan acceso a tecnología secreta.
La diferencia, en la mayoría de los casos, es una sola cosa: la calidad de su atención.
Atienden el cultivo como si cada planta importara. Registran lo que pasa en cada etapa. Toman decisiones basadas en lo que miden, no en lo que recuerdan haber escuchado. Cuando algo sale mal, se preguntan qué hicieron diferente, no a quién culpar. Y al siguiente ciclo lo hacen distinto.
Esto no es romanticismo, al revés, es algo más simple y más exigente al mismo tiempo: es la diferencia entre tener el campo como una herencia que se administra, y tenerlo como un proyecto que se construye.

Cuatro compromisos que nadie puede darte desde afuera:
Creer que es posible. Un productor que cree que su tierra "no da más" tomará decisiones consistentes con esa creencia — y tendrá razón. El techo no está en el suelo. Está en su cabeza.
Gobernar con datos. Lo que no se mide no se mejora. Llevar registros del ciclo no es burocracia: es la única base para decidir qué cambiar.
Actitud de mejora continua. El productor de alto rendimiento analiza sus resultados, identifica dónde se perdió rendimiento y por qué, y ajusta el plan para el siguiente ciclo. Cada cosecha, una clase.
Humildad técnica. Saber lo que no se sabe es una ventaja competitiva. Buscar asesoría y comparar prácticas es lo que distingue a quienes evolucionan de quienes se quedan estancados.
Una última imagen — y una pregunta directa
En los mejores lotes de maíz de México — en el Bajío, en Sinaloa tecnificado, en parcelas dispersas por todo el país donde alguien decidió tomarse el trabajo en serio — se obtienen rendimientos de 10, 12, hasta 15 toneladas por hectárea. Con las mismas leyes, el mismo gobierno, el mismo clima impredecible, los mismos fertilizantes que se encarecen para todos por igual.
La diferencia no está en el presupuesto. Está en las decisiones.
Entonces la pregunta que vale la pena hacerse hoy, antes del siguiente ciclo, no es si el gobierno va a apoyar más, ni si el precio del fertilizante va a bajar, ni si va a llover suficiente. Esas son variables que no controlas. La pregunta es otra, y es incómoda precisamente porque sí tiene respuesta:
¿Estoy produciendo todo lo que mi tierra puede dar — o estoy produciendo todo lo que mis hábitos me permiten ver? |
Si hay aunque sea una duda en la respuesta, hay espacio para mejorar. Y ese espacio no lo abre el gobierno. Lo abre el propio productor, con información, con técnica, con acompañamiento y con la decisión de no conformarse con el ciclo anterior.
El campo mexicano tiene el potencial. Lo que falta es información, técnica aplicada y el acompañamiento adecuado para que más productores puedan tomar decisiones mejores. Consulta en nuestra biblioteca virtual la guía rápida de “buenas prácticas para una agricultura de alto rendimiento”, enlace: https://www.raicesyconexiones.org/bibliotecaagricola
Para eso existe Raíces y Conexiones — plataforma nacional para democratizar el acceso al conocimiento técnico y profesional para comunidades rurales, ejidos y pueblos indígenas de México —.




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